jueves, abril 02, 2009

Nuria Amat y la utilidad de las palabras


El aroma intenso del café del bar de la librería Laie de Barcelona parece predecir un acontecimiento singular. Entonces aparece la escritora catalana Nuria Amat: mejillas frías, sonrisa generosa, mirada intensa, gesto amigo. Amat es una mujer que habita en diversos mundos. Las tensiones de su experiencia las deposita en una producción frondosa de ensayo, narrativa y poesía. Ha estudiado filosofía y letras, es bibliotecaria y doctora en ciencias de la información.
En esta entrevista realizada en el final del verano español, hace pedazos con una sola palabra la última película estrenada de Woody Allen, también habla de los intelectuales comprometidos y el país del presente y del futuro. Mientras fuera del bar la crisis causa estragos, Amat reflexiona sobre la Catalunia que la vio nacer y crecer.
¿Vio la película Vicky Cristina Barcelona? ¿Le gustó?
Me pareció espantosa.
Ok... ¿Qué Barcelona muestra Woody Allen?
Este gobierno le ha pagado a Woody Allen millonadas para que hiciera esta película, que es una película de las que yo llamo de tarjeta postal. La Barcelona en la que yo vivo no es ésa.
Vicky, una de las protagonistas dice que está haciendo una tesis sobre la identidad catalana. ¿Cuál es el estado de esta identidad? ¿Está en crisis?
Yo soy una escritora catalana, mi abuelo era nacionalista y mi bisabuelo, fundador de la Enciclopedia Espasa. Nací con Franco y por circunstancias vitales, mis padres hablaban catalán, yo impuse el castellano en mi casa porque me quedé huérfana de madre: empecé escribiendo en castellano, y lo seguí haciendo. Claro que yo también escribo en catalán, pero no en literatura. Para mí el castellano es un idioma maravilloso; es mi idioma íntimo. Pero en mi intimidad también está el catalán. Y esta es la gracia y la virtud de esta ciudad, como era la gran virtud de la Praga de Kafka, con dos idiomas domésticos, el checo y el alemán. Querer imponer el castellano sobre el catalán, como hizo Franco, como imponer el catalán sobre el castellano, como están haciendo los gobiernos nacionalistas, son dos errores de igual tamaño. Lo hizo Hitler cuando trató de imponer un alemán falso, que no se hablaba en el pueblo. Aquí se está imponiendo un catalán, en la televisión, que no es el que se habla comúnmente.
¿Y cómo es la Barcelona que no aparece en la película?
Barcelona es una ciudad maravillosa, una ciudad literaria, pero que, precisamente, por lo provinciana que se ha vuelto, los jóvenes tienen que irse. Ingenieros, informáticos, economistas, jóvenes que quieren trabajar aquí, se tienen que ir a Madrid o al extranjero porque aquí no hay lugar. Yo adoro Barcelona. Está en mis libros, es una ciudad que tiene grandes cualidades. ¡Y grandes ciudadanos! Yo creo que ésta es una ciudad de sociedad civil. Y es la que va a cambiar el país.
Una vez habló de la “inutilidad de las palabras” respecto a sus consecuencias políticas y sociales. ¿Lo sigue pensando?
Esto tiene que ver con el desengaño, el desencanto que tengo en este nivel. Sigo pensando que el escritor tiene una faceta intelectual, otra humana, y otra política. El escritor siempre ha tenido un punto de vista sobre lo que pasa en el mundo, lo que es válido tener en cuenta. Recuerdo que era una niña de diecisiete años cuando publiqué el primer artículo, de denuncia, en la revista “Destino”. Era una forma de –como decía Kafka– de dar un puñetazo al lector, de generar una reacción. Yo escribo también para buscar una especie de justicia. Pensaba que la palabra era útil, en este sentido, que ayudaba a vivir mejor, a ser mejores personas. En eso, te voy a decir, la verdad, estoy un poco desengañada.
Usted siente que su compromiso político ante el mundo es como intelectual o como ciudadana? ¿Qué está primero?
Cuando escribo me siento comprometida como ciudadana. No con actitud política porque detesto un poco esta palabra. El desencanto es tan grande que desde años descreo de la política. Pero, quizás, la esperanza la tenemos un poco en este Obama milagroso, que si sobrevive a todos los peligros que corre y no se deja enredar por el poder, digamos, puede ayudar un poco a la política, a cambiar un poco el mundo. Cuando le preguntaron “¿qué lee?” dijo “Borges”. Eso ya es algo muy significativo. Creo que cuando escribo, hay algo de mí que está haciendo política. Yo creo en la sociedad civil, y espero que las elecciones, y cada vez más en España se está viendo, los ciudadanos tengan más protagonismo y voten, y sean conscientes de lo que están votando.
¿Su libro Reina de América, representa ese compromiso?
Es una novela “colombiana” que escribí sobre una realidad tremenda: las FARC y los paramilitares en una zona que yo conocía muy bien, porque estuve cuando era muy jovencita. Allí me casé, mi primer marido era colombiano; después me fui y no volví a Colombia hasta publicar la novela. Y allí explico toda una historia, y resultó que estaba sucediendo en el mismo escenario que yo estaba describiendo, algo que fue hecho de forma inconsciente. Siempre hay una denuncia en mi literatura. Y ahora estoy escribiendo una novela que transcurre durante la Guerra Civil, con un personaje importante que es Ramón Mercader; con todas sus connotaciones políticas. Hay personajes de todas las tribus políticas de esa época, en la Guerra Civil y en Barcelona, precisamente. Y Ramón Mercader, además, era pariente de mi familia paterna. O sea que tal vez no son tan inútiles las palabras, porque por lo menos dejaban testimonio. Hace poco estuve en la Feria del Libro de Cali y me invitaron a la Universidad de Bahía Solano, que está ubicada en una zona totalmente negra, y cerca del Chocó, donde no se puede entrar por problemas de la guerrilla. Fue algo impresionante, una universidad en medio de la selva. Los alumnos me decían: ‘Cómo puede ser que una escritora catalana –o española, en fin– haya escrito lo que nosotros estamos viendo diariamente. Es exactamente así’. Esa es la mejor crítica que han hecho de mis libros en muchos años. Esto es para mí la literatura, poder denunciar, pero de una forma que llegue al fondo.
¿Cómo caracterizaría al escritor, al pensador de esta época?
Es posible que las nuevas tecnologías cambien la forma de narrar. Creo que es posible. Porque el nuevo lector que tendremos estará acostumbrado a ver series televisivas, que tienen una forma de narrar muy distinta; está acostumbrado a escribir en Internet, que tiene una forma de escritura muy distinta; y esto es posible que provoque cambios. Cambia la forma de escribir, porque creo que cada escritor inventa una forma de escribir. Eso para mí va unido al genio de la literatura. Entonces, hay tantas formas de escribir como grandes escritores tenemos en la literatura.
¿Vislumbra un imaginario de futuro en las personas? ¿La gente se imagina a sí misma en el devenir? ¿Y los jóvenes, se pueden ver proyectados en un escenario futuro?
Ese es el drama. Yo hablo con mis hijas de esto, precisamente. Es el drama que tengo. O a lo mejor estábamos equivocadas las de mi generación, cuando yo me vislumbraba un futuro; trabajábamos, vivíamos para un futuro, peleábamos para un futuro. Que cambiamos bastante. Estoy hablando de la realidad española; yo nací en el 50 y hemos cambiado algunas cosas pero por desgracia se han empeorado otras. Y esto es lo que yo pido a los jóvenes. Una actitud. Pero claro, son los jóvenes que hemos educado nosotros, que están desengañados precisamente de nuestra actitud. Entonces, algo hemos hecho mal. El nacionalismo ha hecho mucho daño en el caso español; en Francia también pasó lo mismo. Algo hemos hecho mal. Hemos montado un mundo fácil, consumista, capitalista a destajo, hemos dado demasiadas facilidades. ¿Qué hemos hecho mal? Hemos educado a los hijos en libertad; eso está bien. Pero a mí me preocupan los jóvenes de entre treinta y cuarenta años que no reaccionan frente a esta realidad, a esta crisis política y económica que estamos viviendo. Eso me preocupa, sí. Muchísimo. O sea que no veo la salida en España, no sé si en América Latina es igual. Vuelvo a insistir, Obama es un ejemplo de lo contrario. Ojalá vayan apareciendo Obamas en el mundo.
Publicado en Ñ