
Los libros, los archivos, las bibliotecas, los museos, casi como si fueran personas, han sufrido robos, destrucciones, quemas, secuestros, prohibiciones... daños irreparables. Las dictaduras han sido sus grandes perseguidores, pero también en democracia sufrieron las consecuencias de la desidia burocrática, el desinterés. Aunque no figura en el diccionario de la Real Academica, la palabra bibliocastía ha sido adoptada para dar cuenta de cualquiera de estos fenómenos destructivos.
De los robos, la represión y sus resistencias en bibliotecas, archivos y museos de Latinoamérica trata Bibliocastía (Eudeba), libro que compilaron Jorge Gómez y Tomás Solari y que cuenta experiencias latinoamericanas sobre libros en peligro. Los textos surgieron de un concurso realizado en América latina llamado Fernando Baéz en homenaje al autor de Historia universal de la destrucción de los libros. También incluye el texto de la obra de teatro Bibliocastía de Jorge Gómez y María Victoria Ramos y el comentario que la acompaña de Osvaldo Bayer.
“Lo notable no es que la dictadura se haya preocupado por la cultura y que haya tenido políticas culturales, sino que se piense todo lo contrario” dicen en el prológo Judith Gociol y Hernán Invernizzi autores de Un golpe a los libros.
Distintas formas de represión cultural fueron retratadas en el libro. Federico Zeballos explica en su trabajo “Bibliotecas y dictadura militar: Córdoba, 1976-1983”, que el 13 de septiembre de 1976 los bibliotecarios de la Universidad de Córdoba recibieron la orden de retirar todos los ejemplares de Hegel. Feuerbach, Marx, Engels, Stalin, Lenin, Mao, Che Guevara, Lukacs, Bloch, Marcuse, Garaudy, Althusser, Freire y “cualquier otra que pertenezca al mismo corte ideológico”, según dicta la resolución decanal de entonces. Este tipo de medidas dictatoriales esaban dentro del corriente y la coherencia del pensamiento bárbaro militar.
Pero lo que aun hoy sigue sorprendiendo es que hayan tomado medidas represivas contra libros infantiles. La torre de cubos es el título de un libro de cuentos de Laura Devetach. Entre otros cuentos “subversivos”, en este libro se encontraba “El deshollinador que no tenía trabajo”, en el que se cuenta la historia de un hombre que, sin trabajo, recibe ayuda de la gente para sobrevivir. Se trata de un desocupado, suficiente motivo para ser descalificado y extripado de la posible inclusión en una bibliteca infantil y por lo tanto prohibido por la dictadura militar en 1979, explica Silvana Bonacci en su artículo “ Un golpecito a la palabra”. Sí, la literatura infantil también fue víctima de la maquinaria antilibros.
Pero no hace falta retrotraerse a los 70 para encontrar barbarismos contra los libros. En 1993, la presidenta de la Respetable Corte Superior del Distrito Judicial de Tarija, Bolivia, autorizó la incineración de la documentación colonial y antigua republicana de esa Corte. Señaló como atenuante que la documentación estaba en proceso de destrucción, pero se supo luego que era para habilitar un espacio para documentación más reciente. Ese mismo mes y año --cuenta Luis Oporto Ordoñez en su artículo “La destrucción de la memoria oficial en Bolivia--, el Director administrativo del Ministerio de Comercio Exterior y Competitividad Económica, autorizó la venta de toda su documentación, anterior a 1978, a una empresa recicladora de papel para convertirla en toallas y papel higiénico. A cambio de esa entrega, los funcionarios recibieron una dotación de papel higiénico suficiente para un año. La única diferencia era que los jerarcas recibieron papel de primera calidad (sanitizado blanco, de doble hoja) y el resto de los empleados, el común.
En el texto “Un solo fuego encendido: la memoria”, Jorge Gómez y María Victoria Ramos dicen. “Que se sepa de una vez. En la Argentina hubo quemas públicas de libros, como las encabezadas por el Jefe del Tercer Cuerpo del Ejército en Córdoba, la destrucción de la Biblioteca Vigil o el millón y medio de ejemplares del CEAL, que, en junio de 1980, ardió en un baldío de Sarandí. De todo ese horror, el desafío es dejar encendido el fuego de la memoria”. Pero el libro también recoge experiencias positivas en el trabajo meritorio de bibliotecarios que hoy trabajan en los rincones del continente guardando y conservando documentos, libros, archivos audiovisuales, todo aquello que sirva para reconstruir la demolida identidad de cada una de las bibliotecas y archivos en esos confines latinoamericanos.



