viernes, agosto 22, 2008

Bibliocastía



Los libros, los archivos, las bibliotecas, los museos, casi como si fueran personas, han sufrido robos, destrucciones, quemas, secuestros, prohibiciones... daños irreparables. Las dictaduras han sido sus grandes perseguidores, pero también en democracia sufrieron las consecuencias de la desidia burocrática, el desinterés. Aunque no figura en el diccionario de la Real Academica, la palabra bibliocastía ha sido adoptada para dar cuenta de cualquiera de estos fenómenos destructivos.
De los robos, la represión y sus resistencias en bibliotecas, archivos y museos de Latinoamérica trata Bibliocastía (Eudeba), libro que compilaron Jorge Gómez y Tomás Solari y que cuenta experiencias latinoamericanas sobre libros en peligro. Los textos surgieron de un concurso realizado en América latina llamado Fernando Baéz en homenaje al autor de Historia universal de la destrucción de los libros. También incluye el texto de la obra de teatro Bibliocastía de Jorge Gómez y María Victoria Ramos y el comentario que la acompaña de Osvaldo Bayer.
“Lo notable no es que la dictadura se haya preocupado por la cultura y que haya tenido políticas culturales, sino que se piense todo lo contrario” dicen en el prológo Judith Gociol y Hernán Invernizzi autores de Un golpe a los libros.
Distintas formas de represión cultural fueron retratadas en el libro. Federico Zeballos explica en su trabajo “Bibliotecas y dictadura militar: Córdoba, 1976-1983”, que el 13 de septiembre de 1976 los bibliotecarios de la Universidad de Córdoba recibieron la orden de retirar todos los ejemplares de Hegel. Feuerbach, Marx, Engels, Stalin, Lenin, Mao, Che Guevara, Lukacs, Bloch, Marcuse, Garaudy, Althusser, Freire y “cualquier otra que pertenezca al mismo corte ideológico”, según dicta la resolución decanal de entonces. Este tipo de medidas dictatoriales esaban dentro del corriente y la coherencia del pensamiento bárbaro militar.
Pero lo que aun hoy sigue sorprendiendo es que hayan tomado medidas represivas contra libros infantiles. La torre de cubos es el título de un libro de cuentos de Laura Devetach. Entre otros cuentos “subversivos”, en este libro se encontraba “El deshollinador que no tenía trabajo”, en el que se cuenta la historia de un hombre que, sin trabajo, recibe ayuda de la gente para sobrevivir. Se trata de un desocupado, suficiente motivo para ser descalificado y extripado de la posible inclusión en una bibliteca infantil y por lo tanto prohibido por la dictadura militar en 1979, explica Silvana Bonacci en su artículo “ Un golpecito a la palabra”. Sí, la literatura infantil también fue víctima de la maquinaria antilibros.
Pero no hace falta retrotraerse a los 70 para encontrar barbarismos contra los libros. En 1993, la presidenta de la Respetable Corte Superior del Distrito Judicial de Tarija, Bolivia, autorizó la incineración de la documentación colonial y antigua republicana de esa Corte. Señaló como atenuante que la documentación estaba en proceso de destrucción, pero se supo luego que era para habilitar un espacio para documentación más reciente. Ese mismo mes y año --cuenta Luis Oporto Ordoñez en su artículo “La destrucción de la memoria oficial en Bolivia--, el Director administrativo del Ministerio de Comercio Exterior y Competitividad Económica, autorizó la venta de toda su documentación, anterior a 1978, a una empresa recicladora de papel para convertirla en toallas y papel higiénico. A cambio de esa entrega, los funcionarios recibieron una dotación de papel higiénico suficiente para un año. La única diferencia era que los jerarcas recibieron papel de primera calidad (sanitizado blanco, de doble hoja) y el resto de los empleados, el común.
En el texto “Un solo fuego encendido: la memoria”, Jorge Gómez y María Victoria Ramos dicen. “Que se sepa de una vez. En la Argentina hubo quemas públicas de libros, como las encabezadas por el Jefe del Tercer Cuerpo del Ejército en Córdoba, la destrucción de la Biblioteca Vigil o el millón y medio de ejemplares del CEAL, que, en junio de 1980, ardió en un baldío de Sarandí. De todo ese horror, el desafío es dejar encendido el fuego de la memoria”. Pero el libro también recoge experiencias positivas en el trabajo meritorio de bibliotecarios que hoy trabajan en los rincones del continente guardando y conservando documentos, libros, archivos audiovisuales, todo aquello que sirva para reconstruir la demolida identidad de cada una de las bibliotecas y archivos en esos confines latinoamericanos.

martes, agosto 19, 2008

Cúneo y su "Le Gai Marais"

Castoriadis, una ventana al caos


Ventana al caos. Un título breve, shockeante y explícito anticipa el contenido del último libro publicado aquí del pensador Cornelius Castoriadis (Fondo de Cultura Económica).
Castoriadis era griego pero vivió en Francia, lo cual es desde el inicio una marca de reconocimiento y de condicionamiento para el desarrollo de sus ideas a lo largo del siglo XX. Tan dificil de caratular, Castoriadis mezcló y aunó en sí mismo las visiones de la filosofía, política, psicoanálisis y de la lógica para devolver una mirada del mundo de forma compleja y profunda. En los dos últimos años se han publicado, además, otros libros de este pensador particular lo que habla de un creciente interés en sus palabras: “La institución imaginaria de la sociedad” (Tusquets); “Una sociedad a la deriva” (Katz); “Sujeto y verdad” (FCE) y “Lo que hace a Grecia” (FCE).
Nació en 1922 en Constantinopla, ciudad que poco después se transformaría en Estambul. En Atenas estudió Leyes, Filosofía y Economía y desde temprano se manifestó marxista. Fue comunista, trotskista y en 1945 recibió amenazas del gobierno y el comité central del Partido Comunista. Se refugió en París y en 1948 fundó junto con Claude Lefort la revista Socialismo o Barbarie, de la que participarían Edgar Morin, Jean François Lyotard, Jean Laplanche, entre otros. Allí se expandieron las críticas a la URSS en particular y al marxismo en general y se defendieron las tesis sobre el autogobierno de los trabajadores. Hacia 1967 el grupo se disolvió pero fue considerado por muchos como uno de los faros inspiradores del mayo francés. En 1974 ya era psicoanalista, y crítico del lacanismo, y en 1979 fue designado director de estudios en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales. En los últimos años trabajó sobre la idea de autonomía.
Ventana al caos reune una serie de artículos escritos o presentados oralmente entre 1978 y 1992. Castoriadis suma a sus trabajos acerca de la transformación social y la creación cultural sus puntos de vista sobre la música, la función de la crítica, el arte como “ventana al caos”, el escritor y la democracia. En todos los campos sus puntos de vista son pertinentes ya que ha alternado la filosofía y el psicoanálisis con su trabajo de militante, abogado, economista, música entre otras pasiones.
El psiconalista argentino Yago Franco es autor “Magma. Cornelius Castoriadis: psicoanálisis, filosofía , política” y de “Insignificancia y autonomía” (Biblos). Coordina un grupo llamado Magma que toma su pensamiento como punto de partida. El grupo está en México dando charlas y organizando debates sobre la figura de este pensador. Franco dice que hay un gran interés en su obra “tanto desde el psicoanálisis (para el que ofrece una nueva redefinición de su praxis a partir de su concepto de imaginación radical) otro tanto a nivel de la política (ya que su propuesta de sociedad autónoma implica dejar atrás tanto las aporías liberales como marxistas). La creación aparece en el núcleo de su pensamiento, implicando una nueva ontología y una nueva lógica. Su pensamiento abre brechas en lo instituido en el psicoanálisis, la política y el pensamiento mismo.”
En uno de los textos de este flamante libro, Castoriadis debate acerca de la crisis del arte contemporáneo, cuestiona el sentido y el futuro de la creación artística y cultural. Su crisis, sostiene, no es otra que una parte del desmoronamiento de la autorrepresentación de la sociedad. “Pero es posible que esté muriendo lo que hemos aprendido a llamar la obra de cultura -señala en una de sus conferencias-: el 'objeto' durable, destinado en principio a una existencia temporalmente indefinida, individualizable, asignado al menos en derecho a un autor preciso, a un medio preciso, a una datación precisa. Cada vez hay menos obras, y cada vez hay más productos, que comparten con los demás productos de la época el mismo cambio en la determinación de su temporalidad: destinados no a durar, sino a no durar”.
Murió hace once años pero sus ideas están destinadas a multiplicarse en la interpretación de viejos y (muchos) nuevos lectores.

jueves, agosto 14, 2008

Roberto Brodsky: Mi padre dice soy yo, tu padre, ábreme


Roberto Brodsky, escritor chileno, ha vuelto a Buenos Aires, esa ciudad que fue parte de la ruta de su exilio, del de su padre y el de su hijo. Esa jerarquía padre-hijo-nieto es la que origina Bosque quemado (Mondadori), un relato que da relieve a una situación familiar atravesada por el terrorismo de estado chileno y la carga del exilio por el que recibió el XXIII Premio Jaén de Novela. Brodsky, se sienta en el sillón de su hotel en Buenos Aires y sonriente dice que si fuera un librero obsesivo pondría su libro en el estante ideal “nueva ficción”.
--¿Cómo fue pensar, concebir este libro?
--Quería hacer una novela, una ficción sobre el padre, el exilio y la literatura, puestos en esos tres escalones. Hay una operación que tiene que ver con la mitología, las estructuras culturales, la cosa psicoanalítica, y también, con lo real, es decir con cómo vivieron el exilio, el derrumbe familiar, el retorno a Chile, y el retorno, por lo tanto, de Chile a la democracia, que se supone que van asociados.
--El libro empieza con la frase “Mi padre dice soy yo, tu padre, ábreme”. Hay una confusión poética que presenta cierto conflicto. Me recordó aquello de Hanif Kureishi: "soy el padre de mi padre".
--Sí, el padre del padre... Y uno se transforma en el padre de su padre, es cierto. Aquí el padre busca refugio en el hijo. Y es como el final del viaje para el padre, porque se ha derrumbado, no solamente su retorno a Chile, sino también la posibilidad de un nuevo espacio, una nueva pareja. Me parece que con esa instancia arranca el libro y desde ella se cuenta la historia. Me interesaba contarlo desde ahí porque esa circunstancia es la que me permitía abrirme a distintos tiempos; el pasado, el que venía después de ese momento, lo que estaba allí en ese momento, cuando el padre llega a la casa.
--La línea padre hijo se prolonga en el nieto...
--Exactamente. Y hay una foto; una foto del álbum, donde están padre, hijo y nieto. Y cuando uno mismo dice padre, hijo, nieto, no sabe a quién se refiere, porque, ¿el nieto ¿de quién?, ¿el hijo de quién? y ¿el padre de quién? Entonces, esa pequeña confusión deliberada me interesaba, por supuesto, porque me parecía que había ahí un problema que estaba sonando.
--¿Qué quiso decir al escribir: "los exiliados tienen una mirada rota sobre las cosas"?
--Que no hay reconciliación; ni desde el punto de vista del narrador ni del lector. El supuesto de que cuando se terminase el exilio, la expulsión y se levantase la prohibición se cerrarían las heridas es una falacia del poder. Es decir, los individuos, las personas que son afectadas por el exilio, salen de su entorno, rompen los vínculos con el territorio de origen y cuando vuelven, y mientras más largo es el exilio, menos reconocidos van a ser en el entorno inicial, de origen. Tendrán m enos posibilidades de revincularse con su profesión, sus amigos, su propia familia. El diálogo ya es imposible. El exiliado no puede volver a articular un sentido con quienes no vivieron o no estuvieron en la situación indecible en la cual estuvo él.
--¿Y cómo se siente caminando por Washington? ¿Como un extranjero?
--Soy extranjero. Absolutamente. Y no pretendo americanizarme ni ser un ciudadano de Washington, porque es una ciudad muy mezclada, hay mucha gente de muchas partes. Cuando estoy en Chile, también me siento extranjero. Y tampoco me parece tan terrible. Hay una extranjería asumida.
--Dentro del mapa de la literatura contemporánea, ¿dónde se siente más cómodo ubicado? ¿Se siente portavoz de alguien?
--No me siento para nada portavoz de una generación. No podemos representar ya a nadie. Por otro lado, creo que mi libro es un intento de depurar la ficción. En toda esta discusión sobre si se termina la literatura, no se termina, busco, de manera un poco utópica, fortalecer los fundamentos de la ficción como posibilidad de interpretar el mundo y conocerlo. Casi una ficción con la menor literatura posible, porque la literatura hoy día es un sistema invadido o contagiado, intoxicado por elementos de mercado o de grupos de poder.

Natalia Kohen: volver...


Foto: Diego Waldmann

El rencor pasa pero el dolor queda... dice la artista, y un flash le ilumina la cara. Estoy en paz, estos son mis patios, dice Natalia Kohen cuando inauguraba la muestra de pinturas Patios en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional. Con los ojos brillosos, a punto de corrérsele el maquillaje, Kohen mostraba y señalaba con el orgullo en cada gesto, el conjunto de “patios” que la acompañaron a lo largo de su vida y hoy están hechos cuadros.
Kohen, que traspasó la barrera de los 90, no sólo ha abierto una muestra, también ha publicado un nuevo libro titulado 3,1416= Pi. Al que le toca, le toca (Corregidor). Y allí entre retazos de vida que la ubican en primera persona hay dos textos introductorios que hablan de un sufrimiento reciente, ése que intenta exorcisar y olvidar a través de su frondosa actividad cultural como artista y como mecenas. Hace dos años, Kohen fue internada en contra de su voluntad en una clínica neuropsiquiátrica con un diagnóstico cuestionado de demencia frontotemopral surgido de sus propias hijas y dentro de un contexto donde la fortuna de Natalia Kohen se ponía en juego. En uno de los relatos que alude a su experiencia infernal, ironiza: “A cierta edad te tenés que moderar. Te conviene quedarte quietita en tu casa tejiendo calceta o jugando al ta-te-ti. ¿Te volviste loca y se te ocurre ir a bailar, beber un batido de Gancia y además sentirte feliz? ¡Por favor! Todo está prohibido. Tus hijas están alborotadas y tus yernos afligidísimos con tanta disipación”. Sus frecuentes colaboraciones económicas con artistas e instituciones culturales fueron el motivo que despertó el disgusto familiar.
“Yo, Natalia Cohan de Kohen, con profundo dolor, hago responsables a mis hijas por haberme sometido a un juicio de insanía y una internación psiquiátrica, plagados de falsedades”, así, como un alegato, comenzaba la carta denuncia que la artista publicó en junio de 2006 por todos los medios posibles y que un mes después convocaba un homenaje en el teatro Maipo. Con la recién liberada en el centro del escenario, un grupo de artistas entre los que se encontraba China Zorrilla, Jorge Luz, Fernando Noy, Hugo Urquijo le dio un apoyo fundamental por la pesadilla que estaba viviendo. “Aprovecho para decir que a este altura de mi vida necesito que se haga justicia”, decía entonces. En ese año, el caso Kohen fue tan impactante que llegó a la televisión, formó parte del programa Pecados capitales, con el título “Avaricia”, que conducía Gastón Pauls.
La inauguración de la muestra en el Congreso fue animada por Pinky, diputada, anfitriona y amiga de toda la vida de la artista y de su familia. Ella también se sentía parte de esos patios amarillos y celestes que la memoria de Kohen habían trasladado a los cuadros. “Son extraños, misteriosos, quiero saber adónde van esas escaleras que bajan o que suben: yo jugaba en esos patios. También quiero seguir a esos bichos que cruzan los patios que se parecen a gallos y gallinas pero no lo son”, dice Kohen mientras se transporta al patio de la casa donde pasó la infancia en el barrio de Once, hoy vive en un departamento en el centro, allí no espacios con baldosas ni escaleras por donde fugarse.
Y aunque la protagonista de la noche dice que el tiempo cura las heridas, hoy vive sin familia, con una empleada. Y ni sus hijas ni sus nietas han venido a compartir este momento de gloria, sólo han mandado un ramo de rosas rojas que acompañan las copas y el cavernet sauvignon salteño que se ubican al fondo de la sala.
La muestra fue curada por Edgardo Giménez, y sobre ella, Guillermo Roux ha dicho: “Esos patios ya no están más, ella pinta patios llenos de ausencia y entonces, en su lugar, pone interrogantes, recuerdos, su alma. Son autorretrato y confesión”. En su faceta de escritora, también ha publicado siente volúmenes de poemas, ensayos, novelas y cuentos, uno de ellos, “El hombre de la corbata roja”, inspiró un ballet de Julio Bocca.
En el micrófono, Pinky termina su presentación, eleva la copa y le pregunta, tierna, a la homenajeada: “¿Te dije que te quiero mucho?”