lunes, julio 28, 2008

Tsugumi, de Banana Yoshimoto




En las novelas de Banana Yoshimoto la tensión entre este mundo y el más allá es un tópico habitual que suele resolverse trágicamente. También puede pasar que esa resolución sea el principio de una reconstrucción. Sus personajes se escapan de las convenciones y muchas veces este motivo es el que atrae a una multitud global de lectores entre los que los italianos y estadounidenses son verdaderos seguidores. Han formado clubes de fans, y en sus países los libros de Yoshimoto son verdaderos best-sellers. “Siento que estoy haciendo algo diferente a través de las palabras. Y es una alegría insustituible para mí que especialmente las personas de esa delicada edad, como son los jóvenes, sean sensibles a ellos”, dijo en una entrevista realizada en 2006.
Ahora llega a nuestro país Tsugumi, publicada en Japón en 1989, una novela corta en la que la vida de cuatro adolescentes a punto de crecer se conocen, se aman y se despiden en un verano frente al mar en la península de Izu, un lugar por donde la autora del libro pasa todos los veranos.
El relato es narrado por Maria Shirakawa, una joven estudiante que está por dejar Izu por la vida universitaria y cosmopolita de la capital. En su partida comienza a despedirse de sus primas Tsugumi y Yoko que viven con sus padres y administran un hostal. Ya instalada en Tokio, Maria se entera que el hostal va a cerrar y con él se clausura su infancia, su adolescencia. Parte a vivir el último verano con sus amigas y con Kyoichi, un típico personaje japonés misterioso. Pero en realidad el personaje más definido y contundente es Tsugumi, una joven que fastidia con palabras, enfermedades y su belleza. A continuación, los cuatro viven un largo sueño que por momentos toca la pesadilla y revive la tensión mortuoria.
El tiempo que Maria pasa en Izu es el de una despedida. Un adiós al hostal, y a Izu, que son parte espacial, y especial, de su vida, un adiós a aquellos seres a los que volverá a ver. Pero ya nadie será igual. La novela es breve pero transita sendas en las que los personajes se interrogan a sí mismos y cuestionan y presienten que la vida, japonesa y adulta, será más dura.
Banana, cuyo verdadero nombre es Mahoko Yoshimoto, es una sobreviviente en todo sentido, por su condición de mujer exitosa y porque como sólo algunos de sus personajes, una vez abandonó la idea de suicidarse. Es hija de Ryumei Yoshimoto, un conocido poeta y crítico de formación marxista y que fuera un importante activista en los 60. Y su hermana Haruko Yoiko es también conocida en el terreno de la animación.
Los libros de Yoshimoto son un documental de la vida japonesa de la generación de los nietos de la bomba, los que hicieron una síntesis entre la cultura de su país y la penetración estadounidense y le dieron un sentido propio. Soportan el peso de la tradición y se rebelan ante la Mc cultura.
Banana Yoshimoto es parte de una avanzada, una moda interesante, una fuerte tendencia de literatura japonesa que en la actualidad lideran Haruki Murakami y el fallecido y Premio Nobel Yasunari Kawabata.

miércoles, julio 09, 2008

Derecho de fugarse: habla Sandro Mezzadra



Etienne Balibar y Sandro Mezzadra


Durante veintiocho años el Muro de Berlín fue la imagen más nítida del obstáculo mortal que impedía el libre deambular de las personas en el mundo. "El último que apague la luz" era la voz irónica que ilustraba los últimos días de Europa del Este hacia 1989. El Muro cayó, pero otros paredones menos reconocibles, casi virtuales, le sucedieron. Se multiplicaron cercos y vallas. Pero de todos modos el derecho de fuga no sólo existe sino que crece en forma paralela a las alambradas. Abandonar el terreno hostil en busca de la tierra prometida ha sido un deseo a veces concretado, a veces frustrado en los que muchas veces se va la vida. Las fronteras de Europa y EE.UU. son los tamices por donde los migrantes se cuelan para sobrevivir.
Huir para no morir. "La fuga comporta siempre un desplazamiento, un traslado que no es solamente geográfico, sino que tiene que ver con la dimensión del imaginario, con estilos de vida diferentes de los soportados en el lugar de origen" define Sandro Mezzadra, filósofo y autor de Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización (Tinta Limón y Traficantes de Ilusiones), en diálogo desde Bolonia.
Fronteras porosas permiten este tránsito furtivo y provocan la aparición de fenómenos políticos, sociales y culturales tanto en los países de origen de los migrantes como en aquellos adonde arriban en total indefensión. Para los europeos, el concepto de ciudadanía empieza a estar en jaque y en transformación. ¿Cómo absorber y adaptarse al impacto de las migraciones? El resultado es un nuevo ciudadano nutrido, como ha ocurrido siempre, por las corrientes migratorias. Pero esta vez los protagonistas son sujetos que, en muchos casos, eligen escapar y que forman parte de una nueva Europa.
La ilusión del libre tránsito es de algún modo producto de una trampa. Los procesos de la globalización dieron a entender que junto con el intercambio de productos y capitales podría estar acompañado del libre paso de las personas. Sin embargo esto no fue así, los muros invisibles impiden el paso y provocan la clandestinización de las personas. "Los inmigrantes nos hablan de experiencias que cada vez más son patrimonio común en la sociedad, inciden directamente, entre otras cosas, en la definición del modo de producción capitalista", dice el filósofo.
Este creciente deambular de los migrantes por Europa ha sido interpretado por Toni Negri y Michael Hardt en Imperio como la composición de un nuevo sujeto revolucionario. Mezzadra no está de acuerdo y aclara: "No es que por el hecho de que un sujeto viva la experiencia de la migración esté de por sí predispuesto a una militancia política de tipo revolucionario. Las migraciones son de por sí movimientos sociales que producen transformaciones de la realidad con las que es necesario reconciliarse. Creo que ha habido experiencias sumamente interesantes en los últimos años de valorización política en el plano de la práctica de transformación de lo existente, de la potencialidad que está implícita en la experiencia migratoria".
El movimiento de las personas ha tenido una importancia clave en la historia del capitalismo. Los traslados de asalariados hacia los centros laborales dinamizaron a un sistema siempre ávido de mayor plusvalía. Dice Mezzadra: "Creo que la movilidad es uno de los terrenos fundamentales donde se juega la productividad del sistema capitalista y en base al cual deben calibrarse necesariamente las alternativas y las prácticas que se proponen construir una crítica, precisamente, del capitalismo que esté a la altura de los tiempos".
Ya en la Prusia de fines de siglo XIX, las actividades capitalistas dan cuenta de una necesidad de mano de obra proveniente del extranjero. Mezzadra rescata un trabajo fundacional de Max Weber que surgió de un encargo de la Asociación para la política social de Prusia en 1891. Allí se hablaba de la escasez de trabajadores a consecuencia de la migración interna hacia el oeste del país y de que el gobierno prusiano había decidido abrir las fronteras después de su cierre en 1887, dos años después de que miles de polacos y judíos fueran expulsados.
El siglo XXI trae una crisis de ciudadanía y de esto parecen preocuparse los parlamentos europeos que constantemente actualizan sus legislaciones para recibir inmigrantes y también para rechazarlos. Pero de todos modos la migración está cambiando el concepto del ciudadano europeo. "Leer la ciudadanía europea a través de la experiencia de los inmigrantes significa ser puestos frente a un conjunto de procesos profundamente contradictorio, en la medida en que la ciudadanía europea, aunque la asumamos desde un punto de vista jurídico-formal, es de un tipo muy particular. No es posible adquirir la ciudadanía europea directamente. Se llega a ser o se es ciudadano europeo solamente en la medida que se llega a ser o se es ciudadano de un Estado miembro de la Unión Europea. Eso significa que los procesos, los mecanismos de inclusión y de exclusión siguen siendo fundamentalmente monopolio de los Estados-nación, y son totalizados a nivel europeo con la consecuencia de que los extranjeros privados de ciudadanía que se encuentran de la noche a la mañana, o se encontraron viviendo en una Europa caracterizada por una ciudadanía común, se han transformado en excluidos desde adentro."
--En su libro usted dice que el capitalismo no existe sin migración. ¿Siempre ha sido así?
--Diría que esencialmente fue así. Sin migraciones libres o forzadas, en la Historia, el capitalismo no ha funcionado nunca. Por otro lado, si pensamos un momento en las retóricas de legitimación del capitalismo vemos que la movilidad del trabajo siempre fue presentada como uno de los elementos fundamentales del modo de producción capitalista. Más aun, como el elemento que fundaba y funda la superioridad de la sociedad capitalista respecto de otras sociedades. La sociedad capitalista es una sociedad dinámica, mientras las otras, la tradicional, como la socialista, a los ojos de los apólogos del capitalismo, son sociedades estáticas. Pero pienso que es necesario tratar de desarrollar una crítica de esas retóricas. El capitalismo siempre desencadenó y valorizó la movilidad pero al mismo tiempo predispuso mecanismos y dispositivos de traba de la movilidad, de freno. Que muchas veces han sido dispositivos de bloqueo absoluto, de negación absoluta de la movilidad misma --tomando simplemente como ejemplo histórico, al sistema de siembra. Es un sistema que valoriza una forma muy particular de movilidad, o sea la movilidad forzada, la trata de esclavos. Y también es un sistema absolutamente despótico que se funda sobre un conjunto de mecanismos que imposibilitan la movilidad, la salida del trabajo. Las migraciones permiten sacar a la luz esa co-presencia de desencadanamiento de la movilidad y su negación que hace que, por ejemplo, muchos inmigrantes privados de regularizar el permiso de estadía en casi todos los países europeos corran el riesgo de ser detenidos pese a no haber cometido ningún crimen. Vemos que hay miles y miles de inmigrantes, cuya libertad personal es violada pese a no haber cometido ningún delito penal.
--Estados Unidos se fortifica y cierra sus puertas para los latinoamericanos, pero al mismo tiempo necesita inmigrantes, mano de obra barata...
--Es exactamente la misma situación que vivimos en Europa. También aquí existe al mismo tiempo un intento de sellar las fronteras pero una fortísima exigencia de mano de obra de inmigrantes. Por un lado, estímulo y valorización de la movilidad del trabajo y por el otro lado, negación selectiva de determinadas formas de movilidad. En Europa desde hace mucho tiempo nos hemos dado cuenta de que el objetivo, o por lo menos el efecto, de las políticas que retóricamente tienden a legitimarse como políticas de cierre hermético de las fronteras, no es la exclusión de los inmigrantes, sino más bien la previsión de mecanismos de integración selectiva, de inclusión selectiva, de inclusión, muchas veces, a través de la paradoja de la clandestinización.
--¿Cuál es el lugar que la democracia ofrece al inmigrante?
--En el caso europeo se puede decir ciertamente que la condición de los inmigrantes que provienen de países no europeos es una condición más inestable, más precaria, más difícil que la condición inestable, precaria y difícil que vivían los inmigrantes en los años 50 y 60, cuando el gran desarrollo económico post-bélico de la Europa occidental fue posible gracias fundamentalmente a grandes movimientos migratorios. Responder a esta pregunta es responder al mismo tiempo a una pregunta más general sobre qué significa hoy democracia en el seno de Occidente. Tengo la impresión de que, por un largo período histórico que podemos hacer coincidir con los 30 años posteriores a la Segunda Guerra mundial, la democracia occidental se construyó y legitimó fundamentalmente a partir de su capacidad de integración social. Una integración social que era posible gracias a algunas características estructurales del modo de producción capitalista en esa fase particular, además de un conjunto de condiciones políticas que no deben olvidarse. Estamos viviendo arrastrados por la ola de la crisis de ese modelo de democracia y por ende las dificultades que viven los inmigrantes en los países occidentales son dificultades que nos hablan de una crisis de orientación más general de la democracia que no viven solamente los inmigrantes dentro de Occidente. El problema de la búsqueda de otras formas de democracia que por un lado no sean simplemente más de lo que hemos vivido, pero que por otro lado, no sean tampoco la simple proposición de una imagen de procedimiento de la democracia, por la cual se pueda decir que hoy en Irak hay democracia, es una búsqueda sumamente difícil. Estamos en los comienzos, tenemos probablemente cierta conciencia del problema pero no hemos encontrado todavía respuestas.

martes, julio 08, 2008

Las enseñanzas de Wagner


La autocartografía del Amazonas

En Amazonia viven 160 etnias diferentes que hablan cada una un idioma particular. Es un universo en sí, una inmensa comunidad que constituye un espectro cultural en peligro permanente y en lucha por mantener cada una de esas 160 identidades.
“Tenemos una conciencia ambiental fuerte que antes no existía. Una conciencia de defender la selva tropical y mantener las aguas limpias, por ejemplo”, dice el antropólogo brasileño Alfredo Wagner de paso por Buenos Aires. Vino a dictar el curso, junto a Gustavo Sora, “Antropología: Poblaciones del Amazonas” organizado por el Programa de cultura brasileña que dictan la Fundación Centro de Estudios Brasileros y la Universidad de San Andrés. “Somos conscientes de que podemos perder todo, que nuestras reservas de agua están amenazadas: han matado todos los nacimientos de agua, todos están comprometidos por los grandes cultivos, fertilizantes y agrotóxicos”, se preocupa.
Wagner es profesor del posgrado en Sociedad y Cultura de la Universidad de Manaos, provincia de Amazonas. Nacido en Minas Gerais, trabaja allí desde 1972. A partir de una investigación que realizaba para la universidad Museo Nacional de la Universidad de Río de Janeiro comenzó un trabajo de campo en Maranhão, al norte de Brasil en 1972. Comenzó trabajando con las llamadas “quilombolas”, comunidades de esclavos fugados de plantaciones y campos de cultivo del periodo colonial. Se incorporó a la Universidad Federal do Maranhão, después recaló en la de Pará y actualmente trabaja en la Universidad de Manaos. “Son 38 años ya y he producido pequeños libros, textos de una investigación muy localizada, con muchas informaciones etnográficas sobre cada situación social que atravesamos. En los últimos 20 años ha surgido un fenómeno para el cual no tenemos una explicación exacta, que es la aparición de nuevas identidades colectivas, formas organizacionales, dimensiones de cultura de esos grupos”, dice Wagner. Después cuenta algo curioso: “hay nuevos indios, hijos de indios que no hablan esas lenguas y viven en la ciudad. En consecuencia, hoy existen indios de pelo claro, ojos azules que no se los reconoce como indígenas...”
El trabajo de Wagner se realiza en el propio campo selvático y uno de los proyectos más importantes fue la concreción de la “Nova cartografia social da Amazônia”. Gente de diferentes etnias y pueblos se sumó a este proyecto que significaba reproducir en un mapa inédito el territorio por el que circulan los habitantes de estas tierras que poseen retazos en estado de virginidad. El primer paso fue entrenar a los expedicionarios en el uso de tecnología de avanzada como el GPS “para producir una autocartografía y relevar todo lo que consideran importante de su cultura, para constituirse como grupo”. Señala el antropólogo: “Son muchos mapas: de cada grupo tenemos peculiaridades específicas, con todos los elementos de la naturaleza. Están en la ciudad, en el campo, es una oportunidad nueva para nosotros. Están surgiendo más quilombolas, ‘quebradeiras’ del coco babaçu, un movimiento de 400.000 mujeres que se organizan quebrando el coco de la palma para obtener un aceite vegetal que se envía a Europa para cosméticos a los grandes grupos de laboratorios de cosméticos. Cada grupo hace el mapa de su territorio específico y produce su representación cultural”.
Pero no todo es puro optimismo social. En la región se vive cierto clima de paranoia ante la constante presencia de investigadores de toda índole y de todo el mundo. La creciente actividad de empresas mineras, madereras, metalúrgicas, farmacéuticas y el creciente aumento de sus ganancias aumentó el precio de la tierra. Los indígenas reclaman 12 millones de hectáreas y las comunidades negras pugnan por el reconocimiento de otros 30 millones. “Los empresarios del agro dicen que hay muchas tierras para pocos indios, pero jamás dicen que hay mucha tierra para pocos negros porque saben que no pueden hacer nada. Lo dicen porque no los quieren reconocer al igual que a los gitanos”. Muchos de los alumnos de posgrado de Wagner son indígenas y negros: “Estamos creando una nueva elite dirigente en la universidad pública”, explica.
Hace pocos días se difundió una foto en la que se veía a un grupo de indígenas ¡tirando con arco y flecha! a un helicóptero que llevaba un grupo de investigadores que salía de la selva. Se trataba de una tribu desconocida. “Hay grupos aislados, son los que llamamos ‘indios bravos’, porque se dan cuenta de que la sociedad blanca está cerca y se mueven en la selva en lugares de difícil acceso. Pero en los períodos en que no tienen que comer, vienen a buscar comida en las plantaciones de los blancos o de otros indios. Existen 32 grupos de este tipo, aislados. Pero también hay una defensa de esos grupos porque tienen el derecho a mantenerse como quieran”, dice el baqueano del Amazonas.
La región bordeada por los 6.800 kilómetros del río Amazonas está en alerta. Le quedan pocos secretos. Wagner concluye. “Estamos viviendo un periodo en que sólo miramos la biodiversidad y no miramos la diversidad sociológica.”