
Etienne Balibar y Sandro Mezzadra
Durante veintiocho años el Muro de Berlín fue la imagen más nítida del obstáculo mortal que impedía el libre deambular de las personas en el mundo. "El último que apague la luz" era la voz irónica que ilustraba los últimos días de Europa del Este hacia 1989. El Muro cayó, pero otros paredones menos reconocibles, casi virtuales, le sucedieron. Se multiplicaron cercos y vallas. Pero de todos modos el derecho de fuga no sólo existe sino que crece en forma paralela a las alambradas. Abandonar el terreno hostil en busca de la tierra prometida ha sido un deseo a veces concretado, a veces frustrado en los que muchas veces se va la vida. Las fronteras de Europa y EE.UU. son los tamices por donde los migrantes se cuelan para sobrevivir.
Huir para no morir. "La fuga comporta siempre un desplazamiento, un traslado que no es solamente geográfico, sino que tiene que ver con la dimensión del imaginario, con estilos de vida diferentes de los soportados en el lugar de origen" define Sandro Mezzadra, filósofo y autor de
Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización (Tinta Limón y Traficantes de Ilusiones), en diálogo desde Bolonia.
Fronteras porosas permiten este tránsito furtivo y provocan la aparición de fenómenos políticos, sociales y culturales tanto en los países de origen de los migrantes como en aquellos adonde arriban en total indefensión. Para los europeos, el concepto de ciudadanía empieza a estar en jaque y en transformación. ¿Cómo absorber y adaptarse al impacto de las migraciones? El resultado es un nuevo ciudadano nutrido, como ha ocurrido siempre, por las corrientes migratorias. Pero esta vez los protagonistas son sujetos que, en muchos casos, eligen escapar y que forman parte de una nueva Europa.
La ilusión del libre tránsito es de algún modo producto de una trampa. Los procesos de la globalización dieron a entender que junto con el intercambio de productos y capitales podría estar acompañado del libre paso de las personas. Sin embargo esto no fue así, los muros invisibles impiden el paso y provocan la clandestinización de las personas. "Los inmigrantes nos hablan de experiencias que cada vez más son patrimonio común en la sociedad, inciden directamente, entre otras cosas, en la definición del modo de producción capitalista", dice el filósofo.
Este creciente deambular de los migrantes por Europa ha sido interpretado por Toni Negri y Michael Hardt en Imperio como la composición de un nuevo sujeto revolucionario. Mezzadra no está de acuerdo y aclara: "No es que por el hecho de que un sujeto viva la experiencia de la migración esté de por sí predispuesto a una militancia política de tipo revolucionario. Las migraciones son de por sí movimientos sociales que producen transformaciones de la realidad con las que es necesario reconciliarse. Creo que ha habido experiencias sumamente interesantes en los últimos años de valorización política en el plano de la práctica de transformación de lo existente, de la potencialidad que está implícita en la experiencia migratoria".
El movimiento de las personas ha tenido una importancia clave en la historia del capitalismo. Los traslados de asalariados hacia los centros laborales dinamizaron a un sistema siempre ávido de mayor plusvalía. Dice Mezzadra: "Creo que la movilidad es uno de los terrenos fundamentales donde se juega la productividad del sistema capitalista y en base al cual deben calibrarse necesariamente las alternativas y las prácticas que se proponen construir una crítica, precisamente, del capitalismo que esté a la altura de los tiempos".
Ya en la Prusia de fines de siglo XIX, las actividades capitalistas dan cuenta de una necesidad de mano de obra proveniente del extranjero. Mezzadra rescata un trabajo fundacional de Max Weber que surgió de un encargo de la Asociación para la política social de Prusia en 1891. Allí se hablaba de la escasez de trabajadores a consecuencia de la migración interna hacia el oeste del país y de que el gobierno prusiano había decidido abrir las fronteras después de su cierre en 1887, dos años después de que miles de polacos y judíos fueran expulsados.
El siglo XXI trae una crisis de ciudadanía y de esto parecen preocuparse los parlamentos europeos que constantemente actualizan sus legislaciones para recibir inmigrantes y también para rechazarlos. Pero de todos modos la migración está cambiando el concepto del ciudadano europeo. "Leer la ciudadanía europea a través de la experiencia de los inmigrantes significa ser puestos frente a un conjunto de procesos profundamente contradictorio, en la medida en que la ciudadanía europea, aunque la asumamos desde un punto de vista jurídico-formal, es de un tipo muy particular. No es posible adquirir la ciudadanía europea directamente. Se llega a ser o se es ciudadano europeo solamente en la medida que se llega a ser o se es ciudadano de un Estado miembro de la Unión Europea. Eso significa que los procesos, los mecanismos de inclusión y de exclusión siguen siendo fundamentalmente monopolio de los Estados-nación, y son totalizados a nivel europeo con la consecuencia de que los extranjeros privados de ciudadanía que se encuentran de la noche a la mañana, o se encontraron viviendo en una Europa caracterizada por una ciudadanía común, se han transformado en excluidos desde adentro."
--En su libro usted dice que el capitalismo no existe sin migración. ¿Siempre ha sido así?--Diría que esencialmente fue así. Sin migraciones libres o forzadas, en la Historia, el capitalismo no ha funcionado nunca. Por otro lado, si pensamos un momento en las retóricas de legitimación del capitalismo vemos que la movilidad del trabajo siempre fue presentada como uno de los elementos fundamentales del modo de producción capitalista. Más aun, como el elemento que fundaba y funda la superioridad de la sociedad capitalista respecto de otras sociedades. La sociedad capitalista es una sociedad dinámica, mientras las otras, la tradicional, como la socialista, a los ojos de los apólogos del capitalismo, son sociedades estáticas. Pero pienso que es necesario tratar de desarrollar una crítica de esas retóricas. El capitalismo siempre desencadenó y valorizó la movilidad pero al mismo tiempo predispuso mecanismos y dispositivos de traba de la movilidad, de freno. Que muchas veces han sido dispositivos de bloqueo absoluto, de negación absoluta de la movilidad misma --tomando simplemente como ejemplo histórico, al sistema de siembra. Es un sistema que valoriza una forma muy particular de movilidad, o sea la movilidad forzada, la trata de esclavos. Y también es un sistema absolutamente despótico que se funda sobre un conjunto de mecanismos que imposibilitan la movilidad, la salida del trabajo. Las migraciones permiten sacar a la luz esa co-presencia de desencadanamiento de la movilidad y su negación que hace que, por ejemplo, muchos inmigrantes privados de regularizar el permiso de estadía en casi todos los países europeos corran el riesgo de ser detenidos pese a no haber cometido ningún crimen. Vemos que hay miles y miles de inmigrantes, cuya libertad personal es violada pese a no haber cometido ningún delito penal.
--Estados Unidos se fortifica y cierra sus puertas para los latinoamericanos, pero al mismo tiempo necesita inmigrantes, mano de obra barata...--Es exactamente la misma situación que vivimos en Europa. También aquí existe al mismo tiempo un intento de sellar las fronteras pero una fortísima exigencia de mano de obra de inmigrantes. Por un lado, estímulo y valorización de la movilidad del trabajo y por el otro lado, negación selectiva de determinadas formas de movilidad. En Europa desde hace mucho tiempo nos hemos dado cuenta de que el objetivo, o por lo menos el efecto, de las políticas que retóricamente tienden a legitimarse como políticas de cierre hermético de las fronteras, no es la exclusión de los inmigrantes, sino más bien la previsión de mecanismos de integración selectiva, de inclusión selectiva, de inclusión, muchas veces, a través de la paradoja de la clandestinización.
--¿Cuál es el lugar que la democracia ofrece al inmigrante?--En el caso europeo se puede decir ciertamente que la condición de los inmigrantes que provienen de países no europeos es una condición más inestable, más precaria, más difícil que la condición inestable, precaria y difícil que vivían los inmigrantes en los años 50 y 60, cuando el gran desarrollo económico post-bélico de la Europa occidental fue posible gracias fundamentalmente a grandes movimientos migratorios. Responder a esta pregunta es responder al mismo tiempo a una pregunta más general sobre qué significa hoy democracia en el seno de Occidente. Tengo la impresión de que, por un largo período histórico que podemos hacer coincidir con los 30 años posteriores a la Segunda Guerra mundial, la democracia occidental se construyó y legitimó fundamentalmente a partir de su capacidad de integración social. Una integración social que era posible gracias a algunas características estructurales del modo de producción capitalista en esa fase particular, además de un conjunto de condiciones políticas que no deben olvidarse. Estamos viviendo arrastrados por la ola de la crisis de ese modelo de democracia y por ende las dificultades que viven los inmigrantes en los países occidentales son dificultades que nos hablan de una crisis de orientación más general de la democracia que no viven solamente los inmigrantes dentro de Occidente. El problema de la búsqueda de otras formas de democracia que por un lado no sean simplemente más de lo que hemos vivido, pero que por otro lado, no sean tampoco la simple proposición de una imagen de procedimiento de la democracia, por la cual se pueda decir que hoy en Irak hay democracia, es una búsqueda sumamente difícil. Estamos en los comienzos, tenemos probablemente cierta conciencia del problema pero no hemos encontrado todavía respuestas.