Éste es el texto completo de la entrevista que le hice al narrador mexicano Juan Villoro por teléfono desde Buenos Aires. Un versión reducida se publicó en el diario Clarín (http://www.clarin.com/diario/2005/12/26/sociedad/s-03501.htm). Habla de muchos temas, pero en varias de sus respuestas se puede leer un profundo deseo de transformación. De la realidad que le es propia, de la que le es un tanto más lejana. De todas ellas habla este intelectual latinoamericano que, desde mi punto de vista, se ha tornado fundamental para entender este presente en este rincón del mundo.
-En su novela El disparo de Argón parece que es más importante lo que no se ve que lo que se ve. ¿Es un retrato del poder?-A mí me interesaba mucho una novela sobre la mirada, que se ubica en una clínica oftalmológica. Uno de los factores que determinaban la trama era la invisibilidad, es decir el reverso de la mirada. Quizás por haber vivido tantos años en México, bajo el sistema autoritario del PRI, aprendí que muchas de las formas de circulación del poder tienen que ver con lo ilocalizable. El poder omnívoro del PRI ejerció muchas veces como una eficacia que deriva de que no se podía encontrar el lugar donde se habían tomado las decisiones. Era algo difuso que se atribuía a un mandamás a un presidente en una oficina remota. Y precisamente porque no se determinaban ni localizaban las decisiones de poder nadie se hacía del todo responsable de ellas. Dentro del sistema de partido único, la invisibilidad confería muchísimo más poder que la presencia. Porque la presencia implica discusión y debate, implica rendir cuentas. El PRI operaba en la impunidad. Si Andy Warhol decía que la utopía americana era hacerse famoso por 15 minutos y pensó que habría un futuro donde esto sería posible, la utopía mexicana en aquel tiempo era la de ser impune durante 15 minutos. Porque nada superaba al actuar, como decimos los mexicanos, en “lo oscurito”. A la política mexicana se la llamaba “la tenebra”, lo que no se ve, lo que está tras bambalinas. Entonces esta novela tiene, creo yo, algo metafórico respecto al ejercicio de poder en la oscuridad. Por eso me pareció muy importante que el director de la clínica donde se ubica la trama fuera alguien invisible, que podía utilizar a los demás como la extensión de sus ojos. Entonces ahí se da un dialogo muy interesante entre lo que podemos ver y nos determina por ello y lo que no vemos pero también nos determina.
-¿Esa interpretación política con respecto al PRI podríamos traerla al presente? ¿Se puede hacer una interpretación similar con el México de hoy?-Yo no era muy consciente de esta situación mientras escribía la novela. Tampoco era muy consciente que estaba trabajando con un tema que entonces era políticamente conflictivo. La novela va entre el 88 y 91, eran los años en los que se discutía el tratado de libre comercio con los Estados Unidos y la novela tiene que ver también con el tráfico de órganos. Es un poco la situación de un país que tiene que vender partes de su cuerpo para sobrevivir. Yo no lo pensé como una respuesta a lo que estabamos viviendo al insertarnos a la economía norteamericana, que más bien lo que hacía era regularizar este intercambio desigual entre México y Estados Unidos, pero había algo latente. Lo mismo con esto que digo ahora, de la invisibilidad y el poder. No había algo programático cuando lo escribí pero es una lectura hecha a la distancia. Eso se quedó creo, de manera muy firme en la novela y ahora la realidad mexicana ha cambiado pero no del todo. Podemos decir que el PRI perdió en la urnas pero no en las almas. Después de 71 años de un ejercicio de poder autoritario hay muchos usos priístas. Como por ejemplo, la confusión de lo público y lo privado, el tráfico de influencias, el clientelismo, la acusación siempre ad-hominem de los rivales. Todo este tipo de circunstancias siguen imperando en la vida política nacional que tiene un nivel muy bajo. Han mejorado algunas cosas, la alternancia por supuesto era muy necesaria, pero podemos decir que no se han cumplido ni la mitad de las esperanzas que trajo la alternancia democrática.
-¿A este personaje de ficción que es Suárez, no se lo volvió a encontrar en los últimos años en México?
-No. Este personaje Suárez ha ocupado esta novela nada más. Pero creo que también tiene que ver mucho con la figura de los caudillos. México es un país de caudillos, tanto en la política como en la cultura. Es un país ideológicamente piramidal y Suárez es un caudillo óptico. Es el ojo que ve por encima de todos, aunque él mismo esté perdiendo la vista.
-Leí por ahí que se vistió de médico oftalmólogo para conocer el ambiente…
-Sí, yo practico el periodismo y creo que los recursos periodísticos a veces también pasan al territorio de la ficción. Yo quise estudiar medicina pero nunca hice esa carrera. Y en el momento de estar escribiendo la trama necesité del apoyo de un guía en los hospitales y en los misterios de la oftalmología. Encontré un doctor que se llama Mauricio Mateo, que se ha convirtiendo con el tiempo en una eminencia en su campo, y él me permitió ir al Hospital de la Ceguera a atestiguar operaciones, a hablar con los pacientes. Y naturalmente, para estar ahí me tenía que poner una bata verde, de esas que usan los médicos. Al salir a los pasillos la gente me abordaba y me preguntaba cosas y naturalmente ya me sentía orgullosísimo de ser un médico virtual. Pero no llegué ni siquiera a recomendar unas gotas, cosa que a mí me hubiera gustado. Pero sentía que iba a arruinar mi novela por pisar un territorio prohibido.
-En su libro Efectos personales dice “el exotismo existe para satisfacer la mirada ajena”. Llevando esa idea al territorio latinoamericano quería preguntarle si a pesar de cierta “modernización” sigue siendo exótica para el resto del mundo, especialmente para europeos y norteamericanos.
-Nosotros no podemos decidir cómo nos ven los otros. Ese un problema tremendo, del mismo modo que tampoco podemos típicos para nosotros mismos. No hay algo más absurdo que una persona sienta que al actuar conforme a sus costumbres está cumpliendo con un estereotipo. Eso sólo lo puede ver alguien de afuera. Un antropólogo que ve una etnia, un turista que ve costumbres que le parecen típicas. El color local, lo exótico son invenciones de los demás, de los extraños. En esa medida los latinoamericanos no podemos definir cómo vamos a ser vistos. Lo que a mí me parece muy peligroso es cierta tendencia voluntaria, en algunos autores, de pretender ser típicos para hacer mejor vistos hacia fuera. Es decir, de disfrazarse de autóctonos para circular como una moneda folklórica en el extranjero. Cabrera Infante lo llamaba “las plumas tutti fruti”, que se disfrazan de latinoamericanos para salir como evidentemente latinoamericanos. Yo escribí una novela que se llama Materia dispuesta donde hay un grupo de actores que hacen una obra aparentemente muy vinculadas con tradiciones atávicas de México y tienen una oportunidad de ir al extranjero. Pero el productor de la obra, de pronto descubre que varios de los actores son rubios y que se va a ver muy mal en el extranjero que una obra que trata de tradiciones mexicanas sea representada por mexicanos rubios. Entonces estos actores se tienen que teñir el pelo, les dan unos baños de luces infrarrojas para volverse artificialmente mexicanos. Ese capitulo se llama “Las pieles infrarrojas”. Que justamente tiene que ver con éste disfraz. Entonces ellos buscan una autenticidad artificial lo cuál es un oxímoron, un contrasentido. Los dislates, los disparates en que cae por querer ser genuino de manera propositiva. Es una aberración. A mí me parece importante que un personaje mío beba tequila, porque tiene sed o porque le gusta, o porque es directamente alcohólico. Pero no porque es mexicano.
-En sus trabajos hay un contexto social inevitable e imprescindible ¿eso lo vuelve un intelectual comprometido?-Quizás la formulación es demasiado pretenciosa para mi caso. Yo pensaría que soy un observador atento de lo que sucede en mi país. Que no me es indiferente lo que pasa. Me interesa mucho reflexionar en mis novelas, en mis cuentos, en mis crónicas de lo que está pasando. Pero también me interesa mucho reflexionar sobre las dificultades para ser testigo de estas circunstancias. Me gusta mucho Respiración artificial de Ricardo Piglia, porque postula una tensa discusión entre ficción e historia. El que da cuenta de una realidad conflictiva, muchas veces lo que hace al mismo tiempo, es poner en tela de juicio su propia participación, hasta dónde está viendo las cosas tal como ocurren y hasta donde está juzgando qué es correcto y qué no lo es. En lo que yo sigo también hay una reflexión sobre la posibilidad o imposibilidad de dar cuenta de una realidad tan convulsa hermética e incompresible como la mexicana.
-En la Argentina en particular y en el continente en general hay un auge de la crónica. ¿La literatura no está dando cuenta de las cosas que pasan en el continente? ¿La crónica tiene más cosas para contar que la literatura?
-Creo que es una relación de péndulo. A mí me parece muy legítimo que un escritor como Borges descubra que el hecho esencial de su experiencia del mundo es el descubrimiento de la biblioteca de su padre. Ese mundo para un escritor borgeano es inagotable. Al mismo tiempo, la realidad latinoamericana ocurre sin pedirle permiso a nadie y no tiene ninguna obligación de ser verosímil. Desafía continuamente a sus testigos, entonces es un gran estímulo tanto para el novelista que se acerque a temas reales como para el cronista. En lo personal practico ambos géneros. No veo un conflicto. Me pasa muchas veces que es como cuando se discuten las virtudes de los solteros y de los casados. Los solteros le atribuyen virtudes a los casados, que son tristemente imaginarias y lo mismo pasa con los casados respecto a los solteros. El cronista y el escritor de ficción en el fondo son la cara y la cruz de la misma moneda. Hay grandísimos escritores que han cultivado ambos géneros, que no han podido prescindir de ellos. Creo que más que nada lo que ha pasado ahora es que en México por ejemplo, y en otros países de América Latina, lo que ha cambiado es la forma de circulación de la crónica. El interés por la crónica fue muy intenso en el s. XIX en América Latina. Luego era más difícil publicar crónicas en periódicos, en revistas. Lo que ha pasado es que hay una zona de circulación y de reflexión mucho más abierta, cada vez más la crónica participa de la discusión social y se inserta en una cultura que no es de masas pero que tiene más capacidad de circulación. Eso sí que ha cambiado, las revistas que tu mencionabas Gatopardo, Etiqueta Negra o el premio de Seix Barral, en el que fui jurado, eso es lo que ha cambiado, la capacidad de recibir la crónica. En países como México muchas veces se prohibían las crónicas que hablaban de la realidad porque se oponían al discurso oficial y tardaban en salir. Muchas veces podían solamente aparecer como libro porque le dan menos taquicardia al poder que los periódicos. Por ejemplo La matanza de Tlatelolco del 68 en México sólo se cubrió en libros que aparecieron uno o dos años después y que circulaban con discreción. Eso es lo que ha cambiado. Hoy en día en el centro de la discusión puede una revista importante muchas más crónicas de las que se publicaban antes.
-¿A través de la ficción y la crónica qué tipos de ciudades están reflejando los novelistas y los cronistas latinoamericanos de hoy?-Para una habitante de la ciudad de México el gran desafío es reflejar lo inimaginable. Es una ciudad que se sustrae incluso a la estadística. Conozco estudios muy serios comenzando por el censo de población que hablan que en esa ciudad hay 16 millones de habitantes. Otros estudios que pretenden ser igualmente serios hablan de 20 millones de habitantes. Supongo que el margen de error, la diferencia de cálculo es de 4 millones como el tamaño de una capital europea. Esto desconcierta por supuesto a los testigos, ya que son ciudades que nadie ha recorrido por entero, que nadie conoce y que desafían el entendimiento humano. Incluso cuando uno trata de abarcar una ciudad como ésta con procedimiento realista que pueden ir de la demoscopía al estudio sociológico, pasando por la crónica realista, aún en esos casos es necesaria una conjetura imaginaria de cómo es la ciudad. Porque nuestra ciudad se ha convertido en lo que los fotógrafos aéreos llaman “una mancha urbana”, “un confín sin confines definidos”. Todo esto es muy estimulante en términos de tratar de otorgarle sentido a lo que aparentemente no lo tiene. Digamos que vivir en la ciudad de México es un acto creativo continuo. Uno está imaginando como es el espacio que no ve y a pesar de que no lo ve te determina. Volvemos otra vez al tema de la invisibilidad por exceso de realidad. Porque es un horizonte tan amplio que no puede ser recorrido del todo. A pesar de ello, la ciudad de México tiene centros simbólicos de especial referencia, por ejemplo la Plaza de la Constitución que popularmente se conoce como Zócalo. En es un sitio donde se definen todos los conflictos políticos, sindicales, ideológicos de importancia. Es una plaza que sigue siendo para nosotros mucho más importante que la televisión. Conquistar el Zócalo es más importante que tener éxito en la televisión. Esto es un triunfo de cultura urbana en una ciudad mucha veces intransitable, muchas veces ilocalizable, donde no sabes dónde estás porque hay más de 200 calles que se llaman Zapata o Hidalgo. Los nombres se repiten muchísimo. Hay tanta repetición de héroes que tan sólo con la nomenclatura urbana podríamos construir unas 30 ciudades suficientemente patriotas todas ellas. Esto es el desafío concreto de la ciudad de México que creo se parece mucho a otras megalópolis, tanto de Asia por lo que tiene de masificada y con una pobreza extrema, con dificultades de circulación, etcétera, como de otras ciudades mucho más desarrolladas. Pero que dependen también de una virtualidad como Tokio y Yokohama. También comparte aspectos de violencia urbana con lugares como Bogotá.
-¿Dónde ubicaría en este esquema a Ciudad Juárez?
-Juárez es el infierno del machismo mexicano. Eso es lo que es ciudad Juárez. Ha tardado muchísimo la sociedad en entender la situación, porque durante mucho tiempo se vivió exclusivamente como un problema judicial. Hace como ocho meses participé en un panel y uno de los expositores decía: “esto no es un problema, es un enigma judicial que hay que resolver. No es un problema cultural”. Y lo que ha permitido que exista el feminicidio en Ciudad Juárez es un hecho flagrante que es que la vida de una mujer en México vale menos que la vida de una mujer en otra parte. Es un hecho. Te pueden matar a 300 mujeres sin que caiga el gobierno, cosa que sería impensable en otras sociedades. Esta capacidad de restarle importancia al crimen, a un crimen de género, es lo que ha permitido el caso de Ciudad Juárez. Aparte tiene que ver con lo que es la vida en la frontera. Que son ciudades constituidas en buena parte -en el extrarradio de esas ciudades- por maquiladoras, las fábricas donde se montan los productos de exportación. El capital extranjero consigue ahí mano de obra muy barata, las mujeres son muy hábiles con las manos, por eso se les contrata. Son extrarradios donde no hay vigilancia, donde muchas veces no hay carreteras, no hay calles asfaltadas y tienen que caminar largos trechos por las calles que no tienen iluminación. Esto está siendo una especie de condición perfecta para la cacería de mujeres. Es un sistema de depredación machista donde también posiblemente interviene la mano del crimen organizado a los dos lados de la frontera, el narcotráfico, en fin. Todas las variables que constituyen la vida mexicana. Pero el tema de fondo es eso, la falta de valor de la vida de una mujer.
-¿En qué medida el narcotráfico está modificando la vida al menos en el norte mexicano?-La está modificando en todo el país. El 11 de Septiembre marcó un cambio cultural en México muy importante porque la frontera entre México y Estados Unidos, que es la frontera más cruzada del mundo, se convirtió por esa misma circunstancia en la más vigilada del mundo. Mucha de la droga que podía circular a los Estados Unidos se quedó en México. Entonces hay un circulante y un consumo de droga en México que no había entonces y los distintos carteles, los grupos de la droga se empezaron a plantear un ejercicio más nacional que internacional. Tanto a nivel de la inversiones, del dinero que circula, de la droga que se encuentra, lo que antes era más un fenómeno de exportación se ha convertido en un fenómeno nacional. La mano del narcotráfico está en muchas cosas. Se ha convertido en la mano invisible que decide el destino. Es tan poderoso que muchas veces le atribuimos las cosas de las que no es responsable, pero que conjeturalmente nos parece que sólo el narcotráfico podría hacer. Es decir, se ha convertido en el horizonte brumoso de los acontecimientos. Cuando no sabemos cómo puede explicarse algo, se le atribuye aunque sea una atribución falsa, al narcotráfico y eso es muy peligroso.
-De ahí surge el “narcocorrido”...-Si, los narcocorridos, que además para mi sorpresa cuentan con enorme simpatía entre gente que pretende estar en contra del narcotráfico y que son muchas veces pagados por los capos de la droga. El problema del narcotráfico es un problema que no tiene solución. Lo único que se puede hacer es que sea socialmente manejable y la única salida es que se legalice la droga en los Estados Unidos.
-¿Cuál cree debe ser el papel del periodismo en situaciones como la que acabamos de describir? Debe ser un mediador que no se mezcle con las partes o que debería estar pensando también en su responsabilidad social y trabajar desde su computadora en la posible búsqueda de soluciones?-Yo creo que el periodismo ha sido decisivo en México en los últimos años para fijar un espejo de la realidad del que antes no disponíamos. Ha sido notable el cambio que ha habido en la libertad de expresión en los medios escritos, incluso en los medios electrónicos. La transición a la democracia sólo se explica también por este espejo crítico de los medios. Hoy en día hay mesas de discusión en la radio que eran impensables en otros momentos. Incluso en la televisión ha habido avances en este sentido. Los medios ahora han cobrado una preponderancia que antes no tenían y han descubierto que el sentido de las noticias deriva de las noticias mismas y no de apoyar al poder como se hacía antes. La fuerza del periodismo hoy en día es la fuerza de sus contenidos. No de sus anunciantes como lo fue durante mucho tiempo con el PRI. Lo que necesitamos también ahora es un control de los medios. Un control riguroso y crítico porque lo que se cubre en México, básicamente son opiniones y lo que vierten los medios son opiniones. Estamos en un estado de opinionismo donde las noticias están constituidas en lo fundamental por opiniones de los protagonistas, desmentidos de otros protagonistas y opiniones de los periodistas. Entonces, en esta maraña de la representación y de la opinión es muy difícil llegar a los datos duros, a lo que realmente está pasando en la realidad. Los medios deberían también juzgarse a sí mismos en este papel que están teniendo ahora porque podríamos desatar la posibilidad de discusión porque sólo hay discusión y no hay hechos. Faltan hechos en el periodismo, faltan datos, faltan investigaciones, falta saber cómo están afectando realmente los cambios de vida en los patrones de comportamiento de la gente.
-¿Esta propuesta es un proyecto realizable o algo utópico?-Como todos los proyectos tiene varios escalones que se pueden alcanzar. Se está discutiendo mucho una nueva ley de medios que sería importantísima para México. Entonces ello ya sería un gran cambio. También se necesita un viraje cultural. Entender que los medios deben tener contenidos mucho más adecuados para una nueva realidad. Es decir, hay muchos medios que funcionan básicamente en términos de la indignación ante lo ordinario. Son medios que reclaman la realidad pero que no investigan la realidad día a día.
-Si tuviera que decirle a un grupo de jóvenes por qué hay que hacer crónica, ¿cuál sería el motivo principal, disparador o incentivador para hacer crónica hoy en América Latina?-Yo diría dos cosas fundamentales. Una de ellas es que las cosas suceden para que alguien escriba de ellas. Es como la situación de naufragio en Moby Dick. Todos se mueren pero alguien se salva. ¿Y por qué se salva? Porque alguien tiene que contar los hechos. Me parece que no podemos ser indiferentes a lo que sucede. Alguien debe narrar lo real. Eso sería lo primero. Lo segundo, es que una vez tomada esa decisión la crónica ayuda mucho a conectar realidades aparentemente dispersas. Cuándo alguien hace una crónica sobre pilotos de aviación y puede comparar eso con el Coliseo Romano o con una mitología deportiva o con un sistema religioso del mundo de los hombres que van al cielo. En fin, poder conectar dos realidades culturales separadas a través de una crónica es lo que da una tercera realidad. Lo que explica que las cosas no solamente suceden porque sí, sino que suceden para que las veamos y al verlas las modificamos. En ese momento toda crónica, cualquiera que sea su tema, se vuelve literaria y cultural. Yo creo que ahí es donde puede aportar mucho.
-Hay un pasado que no conocemos que es el pasado de nuestros padres ¿Usted extraña o añora el pasado?
-Nosotros a veces decimos en broma en México que estabamos mejor con el PRI, porque durante la dominación priísta era muy fácil saber donde quedaba el adversario. Ahora que tenemos una transición nos encontramos como en una obra de Sófocles, donde de repente los adversarios son nuestros hermanos, nuestros padres, nuestros mejores amigos. Se ha confundido mucho el trato social. No deja de ser una broma. Yo creo que la realidad mexicana de ahora con todos sus defectos es muy superior a la que vivimos hace unos años. Y yo en lo personal tengo muy poca nostalgia por ejemplo, de la infancia. Fue una etapa que a mi no me gustó para nada. En buena medida todo lo que escribo creo que lo hago como un deseo de escapar de esa infancia. De modo que no soy nostálgico. Ahora estoy a punto de cumplir la edad del Quijote, que ya son los 50 años, entonces por momentos me gustaría tener mayor actividad, poder volver a jugar fútbol o hacer algunas cosas así, pero no, no soy muy nostálgico. México es un país que ha tenido demasiada tradición. Es un país que tiene una tradición demasiado presente. En el año 92 se presentó una exposición en el Museo Metropolitano de Nueva York. Una gran exposición retrospectiva de México que se llamaba Treinta siglos de esplendor. Creo que es bastante absurdo que un país reclame para sí mismo haber vivido durante 30 siglos en estado de esplendor. Este exceso de tradición nos hace a muchos mexicanos refugiarnos en la invención. La invención está forzosamente en el porvenir, de modo que nuestras nostalgias más atractivas son futuras. Son la forma de las cosas que vendrán.
-¿Qué cosas le permiten soñar hoy como autor?-Bueno, las cosas más sencillas. Creo que la literatura tiene que ver en lo fundamental con lo infraordinario. Ahora, en esta charla estábamos hablando de algunos grandes temas que tienen que ver ya con la percepción de un país, con el ejercicio del periodismo, de la crónica. Pero, la ficción se funda en lo ordinario. Comenzando por La Odisea que es la historia de un hombre que quiere volver a su casa. A mí estos desafíos de lo ordinario, de lo infraordinario me parecen suficientes estímulos. Los misterios de la amistad, cómo puede cambiar una persona para bien o para mal. Cómo podemos nosotros tratar de anticipar lo que va a ocurrir, entre gente que conocemos y equivocarnos siempre. Este misterio del trato entre las personas es un surtidor de tramas inagotable. Como en los cuentos de Chejov lo no dicho es más elocuente que lo dicho. Ahí es donde yo encuentro los estímulos, más que en otro tipo de temas ya prestigiados de antemano.
-¿Cómo se imagina los modos de comunicación de las personas de aquí a poco tiempo? Más que nada por los contrates, aquí en Buenos Aires después de la crisis los contrastes han sido muy fuertes. Enseguida se hicieron masivos los teléfonos celulares con todas sus posibilidades tecnológicas, pero convivían a metros con cartoneros, con realidades donde la única posibilidad de comunicarse telefónicamente con una persona es con un teléfono público que hay uno cada miles de habitantes y que muchas veces no funciona. ¿Cómo se imagina el futuro entre esas dos realidades tan marcadas y distintas de la comunicación entre las personas?-Creo que uno de los grandes desafíos para el futuro es preservar la noción de sujeto. Y es una especialidad de la cultura. Con frecuencia cuando se habla de nuevos programas políticos de izquierda se hace referencia a situaciones meramente económicas o como mucho de apertura política. Pero yo creo que uno de los grandes desafíos es garantizar que la gente tenga acceso a las redes de comunicación. Solo así pueden las personas en el mundo contemporáneo ser sujetos plenos. Así sea para negarse a utilizar esta comunicación. Hace poco me sorprendió muy favorablemente ver en Londres, en el tren que conecta el aeropuerto de Heathrow con la capital, que en ese tren había un vagón silencioso en donde están prohibidos los teléfonos celulares. Eso me parece que es un paso superior. No solamente tener la posibilidad de acceso a los teléfonos celulares sino también la protección a los ruidos y las conversaciones absurdas que no queremos escuchar. Esta protección del sujeto, creo que es lo decisivo. La protección del sujeto que pasa por un lado, por garantizar una mejoría económica, pero también por garantizarle el acceso a la tecnología o la privacía respecto a esa tecnología. Esto lo ha trabajado muy bien Néstor García Canclini.
-¿Esta trabajando en algo particular hoy?-Sí, en un libro sobre fútbol que se llama Dioses redondos. Son crónicas más que sobre el juego mismo sobre la pasión sobre el fútbol.
-¿Qué está leyendo?
-Acabo de leer la maravillosa crónica de Jon Lee Anderson La caída de Bagdag. Me gustó mucho también la novela Sábado de Ian Mc Ewan, y me ha gustado mucho también el libro de ensayos Profanaciones de Giorgio Agamben.
-¿Sigue escuchando rock?-Si, bastante. Estoy un poco enmohecido pero tengo un hijo de 13 años que me actualiza. Los dos somos fans de Interpol y yo sigo oyendo mucho rock –digamos en términos de arqueología- del período clásico tardío, de los años 70 por ahí o del principio de los 80. Prince, Sting, U2, Bowie, esos clásicos.
-¿Y sigue de cerca de Maradona? ¿Vio sus programas de televisión?
-En mi libro de fútbol hay todo un capítulo sobre Diego Maradona. Yo lo he visto jugar y anotar en el Estadio Azteca el gol legítimo más célebre de la historia cuando burló a media docena de ingleses y también el gol ilegítimo más famoso de la historia, el de la mano de Dios. Lo vi jugar con el Nápoles. Me tocó cubrir el mundial de Italia en aquella famosa serie de penalty en el Estadio San Paolo de Nápoles -donde fueron abucheados todos los argentinos menos Diego Armando Maradona- cuando cobró magistralmente su penalty y quedó fuera Italia en su propio país. Luego vi esta resurrección impresionante en su programa de televisión. Un momento icónico para el fútbol que creímos que no iba a ocurrir, que es cuando él y Pele como si lo hubieran hecho toda la vida se pusieron a dominar la pelota con la cabeza. Eso es algo de una gestualidad absoluta. Es una emoción difícil de expresar para alguien que no sea un fanático del fútbol.